Habiendo hueco...

Habiendo hueco...
Emilio Hidalgo
Lunes, 28/07/2014 | Región, Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Toledo, Nacional, Internacional, Puertollano, La Mancha | Portada, Sucesos, Sociedad, Salud, Cultura, Ciencia, Tecnología, Economía, Opinión, Deportes, Política, Turismo, Medio Ambiente, Gastronomía

Hace un par de meses, devorando todo lo que cae en mis manos –o en mi pc, que para el caso igual es- leí por primera vez sobre una moda que me pareció estúpida, el thigh gap. Pensé que sería otra tontería más que un par de modelos escuálidas había convertido en moda por el temor a comerse una hamburguesa, en una sola semana. Pero ya no estoy tan seguro y me inquieta.

 

El thigh gap no es otra cosa que dejar un hueco entre los muslos; lograr el efecto de que una mujer parezca tener la zona pélvica de una muñeca Barbie (o de un muñeco Ken). Alguien ha decidido que eso es sexy, que resulta excitante que una mujer tenga cuantos más centímetros mejor entre muslo y muslo, y además, que en esos centímetros no haya forma que denote sexualidad alguna. Como digo una gilipollez como la copa de un pino –dejando hueco entre ramas-.
Hace unos días, caminaba junto a mi mujer y a mi hija por el paseo marítimo de Calpe, en Playa de la Fossa, cuando mi esposa se fijó en que nos precedía una adolescente extremadamente delgada. No tenía mal aspecto, no parecía estar obsesionada con su peso, simplemente estaba muy delgada. Y por supuesto no tenía muslos que llenaran ningún hueco; en ese momento me acordé de lo leído tiempo atrás, me acordé del thigh gap. Le conté a mi mujer lo que sabía de esa moda y coincidimos en lo antiestético que nos resultaba. Luego, en el hotel, seguí dándole vueltas al tema.

 

Lo cierto es que thigh gap, talla 38, operación bikini… son términos de un gran engaño. La cuestión es quién ha decidido que el hueco entre los muslos es sexy, que la talla 38 debe ser la codiciada o que la mujer bella no tiene ni un gramo de grasa. Me atrevo a asegurar que no ha sido una mujer. Incluso puedo reconocer que tengo una teoría –que será polémica e impopular para muchos-, pero que me resulta cada vez más verosímil. El imperio de la moda está cimentado sobre jovencitas que aparentan ser mujeres, aunque no llegan a serlo, y por diseñadores –unos gays, otros no- que aseguran adorar a la mujer; en realidad creo que la envidian. Si de verdad amas algo, tratas de preservarlo, de protegerlo, no de cambiarlo.

 

En las últimas décadas, a la mujer, le han robado sus curvas y le han propuesto una cultura de la imagen que no acepta la voluptuosidad. Poco a poco la han convertido en un hombre y han dibujado su figura con trazos rectos. Por lógico contagio, al hombre lo han geometrizado y ya no se admite nada que no sea una tableta de chocolate en el abdomen ni dos planchas de acero en el pecho.

 

En periodismo manejamos distintas teorías sobre la manera de “orientar” la opinión pública; desde aquellas que trabajan con el supuesto de que lo que no se conoce no tiene una existencia para las masas, hasta aquellas que hablan de cómo reducir el universo de opinión a una pocas materias o incluso le dicen al ciudadano qué debe opinar, la cosa ha variado mucho. Estas teorías son perfectamente aplicables a otros campos directamente relacionados con la información e incluso el marketing. Creo que hoy en día estamos ante nuevas formas de elección y elaboración de modas. Hay sectores de población más permeables a ellas, pero los tentáculos que llevan el timón están ampliando su campo de influencia.

 

Antes se estudiaba el mercado, se descubría que producto podían triunfar y acaparar la atención y, de buenas a primeras, teníamos una nueva moda. Ahora se elige un producto; se incluye en una serie de moda o en una película; se compra a un famoso o famosa que lo convierta en indispensable; se bombardea el mercado y en el momento que un comentarista (o supuesto experto en tendencias) lo menciona, acabas de crear una moda. Que puede ser un hueco entre los muslos, un esmoquin con deportivas o un corte de pelo que salió mal, pero que nunca se admitirá como un error.

 

Empecé a tirar del hilo y me di cuenta –a estas alturas parecerá obvio- que esto mismo nos está pasando con todo. Nadie se molesta en saber qué prefiere el ciudadano, simplemente nos tratan como consumidores deseando gastar y nos empujan a ello. Me recuerdan a un capítulo de The Simpson en el que un mal vendedor decía: “un pueblo con dinero es como una mula con un yo-yo, nadie sabe cómo lo ha conseguido y que me aspen si sabe utilizarlo”; alguien nos mira y debe pensar eso.
No nos quieren a nosotros, pero quieren que seamos dóciles y que compremos sus productos, sus modas, sus siglas… Todos han adoptado la técnica, hasta los partidos políticos.

 

En esta sociedad globalizada, las modas son más que gustos, son corrientes de pensamiento. Y como nos las sirven ya precocinadas, nos alienan y desalientan para que no tengamos ideas propias. ¿El resultado final? Quien no sigue la moda no encaja, no se integra y se ve sin ideas, o peor, aislado en un pensamiento único que, pretenden, puede parecer más negativo que no pensar.

 

Alguien me dijo una vez: “nunca somos suficientemente tontos como para ser felices”. Quizá algún día, si la felicidad viene en porciones y la anuncia alguien con un buen thigh gap…

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