Había una vez un principe...

Si tuviera que contarles un cuento en el que narrase los hecho de esta semana, el cuento comenzaría así: Había una vez un Príncipe, hijo de un Rey sin reino, que se hizo su trono en el corazón de un pueblo, antes de tener palacio en el que ponerlo.

 

Había una vez un principe...
Emilio Hidalgo
Lunes, 09/06/2014 | Región, Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Toledo, Nacional, Internacional, Puertollano, La Mancha | Portada, Salud, Sucesos, Sociedad, Ciencia, Opinión, Cultura, Deportes, Economía, Tecnología, Política, Turismo, Medio Ambiente, Gastronomía, Semana Santa

Si tuviera que contarles un cuento en el que narrase los hecho de esta semana, el cuento comenzaría así: Había una vez un Príncipe, hijo de un Rey sin reino, que se hizo su trono en el corazón de un pueblo, antes de tener palacio en el que ponerlo.

 

Todos sabemos cómo sigue el cuento, lo que pasa es que quizá ya no recordamos bien los detalles. Puede que ahora mismo lo que más pese en nuestra memoria sea una cacería de elefantes, desafortunada por el contexto económico, pero a la que fue invitado y con la que cometió el error de asistir. O puede que nuestra memoria se acuerde, como si fuera ayer, de la imputación del marido de la segunda hija de este Rey, en un asunto turbio de evasión de impuestos. Puede que un error y el delito de alguien que no es él, sirvan para oscurecer una historia mucho más rica y llena de detalles, pero nosotros, como el propio Rey de este cuento, sólo somos humanos y también caemos en errores y tentaciones. Como su yerno.

 

Nadie va a dudar, hoy en día, de que la realeza es algo arcaico; un lejano eco del pasado que se empeña en perdurar. Pero también debemos ser conscientes de lo mucho que nos ha dado. Es cierto que hace siglos, los reyes, se ponían al frente de sus tropas y eran los primeros en saltar al campo de batalla. Muchos de ellos se ganaron el reconocimiento de su pueblo y su derecho al trono, con valor y empuñando una espada. Eso ya no pasa y aun así, nuestro Rey fue el primero en ponerse ante un régimen añorante de caudillo y convertirlo en algo digno de acabar en democracia. Allí no había espadas, pero había pistolas y personas deseosas de usarlas. D. Juan Carlos no se amedrentó, supo andar el camino hacia la libertad de su pueblo y todavía más difícil, supo convertirse en una sombra que no estorbara cuando los políticos construían el nuevo sistema. En aquella joven democracia, fue el Rey quien detuvo a los que intentaron abortarla, en pleno Congreso de los Diputados y al grito de “¡Se sienten, coño!”.

 

En aquellos momentos en los que los políticos no tenían los contactos, las simpatías o las habilidades para abrir puertas en el extranjero, todos ellos, de cualquiera de los Gobiernos democráticos que hemos disfrutado, han contado con el apoyo, la ayuda y el consejo de Su Majestad. Créanme que eso ha pasado en más ocasiones de las que hemos sabido.

 

Ahora, cansado y con el peso de 38 años y seis meses bajo una corona de plomo, bañada en oro, ha decidido abdicar y dar el relevo a su hijo, el que será el Rey Felipe VI. Si le dejan.

 

No me cabe duda de que tenemos el heredero mejor preparado; lo sé, nadie nos puede asegurar que no se vaya a equivocar, pero sólo con seguir el ejemplo de su padre, tiene asegurado gran parte del éxito. Lo decía hace unos días en las redes sociales, D. Felipe de Borbón ha sido educado para ellos desde que nació. Tiene 46 años de formación continuada con el único objetivo de ser un buen monarca. De hecho, ha ejercido como tal en innumerables ocasiones, con la única salvedad de que ha sido tratado como Príncipe y no como Rey. ¿Alguien cree que Rajoy, Rubalcaba, Lara, Diez o Iglesias, están mejor preparados que él, para ponerse al frente de un país, para representarnos dignamente allá donde vaya? No lo creo, alguno que pretende erigirse como un nuevo mesías de la política moderna, sin ocupar cargo, nos ha abochornado al dejar claro que, con tal de ganar votos, es capaz de defender la fragmentación de España.

 

El 18 de junio acabará la agitación, si se cumplen las agendas. Después, en el futuro, nos aguarda otra batalla, la de aquellos que, dentro de su supuesta hipertoleracia y su magnífico progresismo, seguirán pidiendo una república, sabiendo que ahora se enfrentarán a la crítica social por haber defendido esa supuesta igualdad y paridad, para terminar oponiéndose a que la Princesa Leonor se convierta en Reina. Lo vestirán de ahorro, diciendo que la Casa Real se lleva 80 o 100 millones de euros al año, puede que más, pero no hablaran del dinero que se perdió en las cuentas de Bárcenas, en Andalucía y su terrario o en Mercasevilla.

 

Los políticos han olvidados que las palabras les encadenan. Sólo me pregunto hasta cuándo podrán arrastrar tanto grillete, antes de que el pueblo se dé cuenta de que ya no cumplen lo prometido ni una vez metido. Un Rey no puede jugar a ese juego.

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