Refugiándonos de la tradición en “Microndo”: el mundo de pequeños universos fabricado por Pedro Crenes

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Objetivo CLM - Alba Expósito
Martes, 11/11/2014 | Región, Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Toledo, Nacional, Internacional, Puertollano, La Mancha | Portada, Sucesos, Sociedad, Salud, Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología, Economía, Opinión, Deportes, Política, Turismo, Medio Ambiente, Gastronomía, Fiestas | 1 comentarios

La literatura tradicional y, sobre todo, los autores clásicos deberían ser sempiternos referentes para la actualidad literaria, ya que las raíces de las corrientes contemporáneas beben de las teorías que se vienen forjando en el mundo de las letras desde sus albores mismos. Sin embargo, a pesar de considerarme defensora de la afirmación anterior, supongo que a veces es necesario salirse de los cauces preestablecidos para conocer rincones escondidos a los que solo llegan unos cuantos lectores intrépidos que no se dejan llevar por el miedo a lo desconocido.

 

En uno de estos rincones se encuentran los microrrelatos, un género literario en prosa que aporta una nueva perspectiva de la narrativa a través de la máxima brevedad en cuanto a la extensión. Este tipo de construcciones literarias desprenden un halo enigmático fomentado por la necesidad de comprimir el contenido en el menor espacio posible, huyendo siempre de la evidencia y, en ocasiones, de la comprensión del mensaje en una primera lectura.

 

Para ilustrar este género literario podría haber elegido “Ajuar Funerario”, obra de Fernado Iwasaki, o a Augusto Monterroso y su famoso microrrelato compuesto por siete palabras: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Sin embargo, alejándonos otra vez de las claras referencias en el género, he decidido acercaros “Microndo”, la obra de Pedro Crenes, autor panameño que tuve la oportunidad de conocer personalmente y que es capaz de provocar todo tipo de reacciones en los lectores, tanto negativas como positivas, pero que sin duda merece la pena experimentar.

 

 

Poneos en situación: acabáis de llegar a un restaurante ultra moderno donde se sirve una cocina contemporánea y alternativa, que toma forma en recetas presentadas con un nombre que definiría mejor una obra arquitectónica que un plato de comida. Pues bien, una vez acomodados en la mesa y tras varios entrantes que no han conseguido convenceros, la suerte decide sonreíros poniendo ante vuestros ojos un plato que promete ser delicioso. Sin embargo, como era de esperar, la ración de comida era minúscula comparada con la bandeja de porcelana fina en la que los cocineros habían presentado su creación. 

 

Yo estuve en ese restaurante y cuando me preguntan por él, siempre respondo lo mismo: terminé con muy buen sabor de boca y con ganas de más.

 

Esta misma sensación fue la que me invadió después de terminar de leer “Microndo”. Tras varios libros que no eran lo que buscaba en aquel momento, los microrrelatos de Pedro Crenes fueron para mí como ese último plato tan esperado, por lo que, puedo aseguraros, que no pude cerrar el libro hasta que no alcancé su última página.

 

La brevedad es la característica más definitoria de este género literario, lo que se vuelve un inconveniente cuando  la calidad  de la prosa del autor alcanza el nivel de la pluma de Pedro Crenes, que siempre consigue dejar al lector expectante y vuelve imposible la acción de pasar las páginas a la ligera, sabiendo que el final está próximo desde el primer microrrelato que incluye su obra. Sin embargo, la esencia de este género es precisamente esa brevedad, que ayuda a condensar el contenido en un pequeño puñado de palabras en las que la magia de la literatura encuentra su máxima expresión.

 

El microrrelato implica una evolución no solo en la metodología del escritor, sino también en la del lector, puesto que este género implica una aproximación al texto que difiere mucho de la que requiere, por ejemplo, la novela. La función parapragmática de unos de los microrrelatos que acoge “Microndo” define perfectamente la esencia de estas composiciones, en las que no está permitido divagar en los escenarios, enredar distintas tramas y, mucho menos, jugar con varios personajes.

 

 “Ignacio dejo pasar a un dependiente. Luego, una mujer sin dinero le pidió entrar. Hablaron los tres. Luego vino un asesino ilustrado y un escritor para instalarse en el mismo espacio de Ignacio, que es así, no era capaz de echar a ninguno.
Luego resultó que el asesino ilustrado era el padre de la hija de la mujer sin dinero, que se había liado con ella sin que Ignacio lo supiera. El profesor Souto, con el que tiene mucha confianza últimamente, le dijo que dos o tres, que les separara. Ahora Ignacio tiene dos microrrelatos y una cena más que pagarle al profesor.”

 

Teniendo estos principios muy marcados, Pedro Crenes nos lleva de la mano a viajar por el universo de “Microndo”, contándonos historias como estas tres que, espero, os dejen con ganas de conocer un poco mejor a este autor panameño y, por ende, a estas composiciones literarias breves.

 

Bromistas

“Me dijeron que no fuera tonta. Que sería muy divertido y que, seguro, Juan se reiría. Lo de mi infidelidad era una broma.

Anoche, Juan se ahorcó.”

 

Un riñón

“Por la ventana de su nuevo piso, Hector mira, triste y disminuido.

Convalece. Los puntos le tiran.

El piso le salió caro.”

 

Cumpleaños

“Ya han pasado veinte años.

Se levantó temprano, tal día como hoy, se duchó rápido, a las 5:37, y después de desayunar salió de casa escaleras abajo rumbo a la rutina de su vida de funcionario.

Un coche se saltó el semáforo en rojo y el encuentro con su monotonía se pospuso para siempre a menos de cien metros de nuestra casa.

Papá suspendió mi fiesta de cumpleaños para otro día.”

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