Terrinches, el pueblo donde triunfó el 23-F

El exalcalde de la localidad fue el único que decretó el estado de excepción en España. Más de treinta años después hablan testigos de esas horas y demuestran que aún hay heridas abiertas

Terrinches, el pueblo donde triunfó el 23-F
Marta Castro. Objetivo Castilla La Mancha
Domingo, 23/02/2014 | Ciudad Real | Ciudad Real | Sucesos

En Terrinches no pasa nada. En Terrinches, un pequeño pueblo en la provincia de Ciudad Real, el tiempo parece haberse detenido.  Y sin embargo, por debajo de la apariencia de pueblo tranquilo, bulle bajo los pies de sus cerca de mil habitantes una energía casi telúrica, el recuerdo de aquella vez que sí que pasó algo en el pueblo. Más de 30 años después, el recuerdo del golpe de estado del 23 de febrero, sigue siendo un tabú. Si el visitante, despistado o intencionado, menciona esa fecha, la reacción de los vecinos es peculiar. Los jóvenes dicen que se pregunte a los viejos, los viejos dicen no acordarse; otros, directamente dicen que "de eso no se habla”. Las heridas, no solo de esa tarde, sino de la guerra, siguen supurando en la pequeña comunidad de vecinos.
 
La tarde del 23 de febrero de 1981, Agustín González San Millán, alcalde de la localidad, estaba, como el resto de españoles, pegado al transistor. A eso de las ocho de la tarde, consciente de su responsabilidad, se reunió en el Ayuntamiento con los concejales de su partido independiente –menos uno, al que no logró localizar- para valorar la situación. No se sabe de qué hablaron. Pero tras la reunión González, armado, como iba siempre, se desplazó hasta la iglesia del pueblo, donde, a pesar de la oposición del párroco, al que terminó apartando a empujones, usó la megafonía para dar un mensaje a sus conciudadanos. Les informó de la toma del Congreso y de que “el excelentísimo Capitán General Milans del Bosch se ha levantado en el reino de Valencia”.
 
Ordenó a sus vecinos que no salieran de casa a partir de las nueve de la noche, prohibió que pasearan por las calles grupos de dos o más personas. Incluso decretó que los tres bares de la localidad –hoy desaparecidos- cerraran sus puertas a las diez de la noche. En otras palabras: decretó el estado de excepción. San Millán actuó al margen del Gobierno Civil, al que informó de sus decisiones la mañana siguiente, cuando el golpe languidecía.
 
La mañana del 24 de febrero se personaron en el pueblo varios miembros de la Guardia Civil de Valdepeñas, quienes pusieron los hechos en conocimiento de la Audiencia Provincial de Ciudad Real. El 15 de marzo de 1982, el exalcalde se convirtió en la primera persona juzgada y condenada por el intento golpista del 23-F. La Audiencia Provincial le inhabilitó para cargo público por siete años y un día, por un delito contra la Constitución. En mayo de 1983, la sala segunda del Tribunal Supremo ratificó la condena. De ambas citas, el ex alcalde salió del juzgado entre los aplausos de algunos de sus vecinos.
 
Julio Garrido estuvo en el juicio. Acudió en calidad de testigo, como el medio centenar de vecinos que contó su versión de lo ocurrido en aquella noche en el pueblo. Pero en 1981 Garrido era además, el único concejal de Unión de Centro Democrático en el pueblo. “Yo estuve en la reunión del Ayuntamiento” explicaba hace un par de años, “yo le decía que no lo hiciera, pero se encabezonó”. Es uno de los pocos vecinos que a día de hoy se atreve a hablar. La cuadrilla de ancianos que le acompañaba en la plaza va desapareciendo mientras cuenta lo que recuerda. El exedil reafirma así la defensa de San Millán, que afirmó haber convocado a todos los concejales que formaban parte del consistorio –cinco independientes, dos socialistas y Garrido por la UCD-.
 
“Hizo lo que hizo por proteger al pueblo”- continúa, “tanto los de un lado como los de otro estaban muy revueltos ese día, y el alcalde no quería problemas. Los que más bravos estaban eran los de su partido”-. Para rizar el rizo, uno de los compañeros de González San Millán era conocido como “El Tejero”, recuerda el anciano entre risas. “Yo creo que ya nos lo tomamos un poco a risa lo del golpe”, sentencia. Pero no es así.
 
Otro defensor del antiguo alcalde, sentado en la plaza  tomando el sol junto a Garrido, se enciende cada vez más mientras recuerda. “Bastante bien se portó” explica, “cuando empezó la guerra los otros le mataron a dos hermanos y a su padre. Y él no se vengó. Fue un buen alcalde, y cuando hubo que hacer obras en el pueblo, se las encargó al más socialista de todos, no te digo más. El asunto ese del juicio le arruinó la vida”.
 
Agustín González San Millán formaba parte de la élite de Terrinches. Fue elegido alcalde por primera vez en 1957, cuando esa elección partía del Gobierno Civil, pero en las primeras elecciones democráticas revalidó su victoria doblando en votos al resto de candidaturas. Tras su inhabilitación, un hermano suyo volvió a ser elegido alcalde, pero su gestión no llegó a convencer a sus vecinos. Agustín González murió en Ciudad Real hace cuatro años, pero su figura sigue polarizando la vida del pueblo.
 
Nicasio Peláez, actual alcalde de la localidad, dice que era un hombre hábil y al que el pueblo tiene mucho que agradecer en cuanto a la renovación de redes. Peláez, de 42 años, lleva 18 ejerciendo como alcalde por el Partido Socialista Obrero Español. “Yo me llevaba bien con él” recuerda, “sólo empecé a tener problemas cuando hicimos un proyecto para arreglar la iglesia del pueblo”. El proyecto incluía eliminar la cruz de los caídos del templo y llevarla al cementerio público. “Cuando la quitamos contrató a una cuadrilla de albañiles y la montó donde le vino bien en el cementerio y luego me denunció”.
 
La anécdota ilustra el carácter de San Millán. Adscrito ideológicamente a Fuerza Nueva, su actuación, justificó su actuación durante el golpe fue para defender a los socialistas: “nadie se iba a meter con ellos, precisamente, porque el alcalde era yo”, sentenciaba San Millán en una carta abierta al diario Lanza en 1981. “En mi pueblo no se produjo la noche del 23-F ningún trauma. Al contrario, a mis convecinos les parecieron muy prudentes y muy bien todas las medidas”.
 
No está muy de acuerdo con todas estas afirmaciones Juan Antonio Estrada, fundador de la agrupación socialista local. Estrada explica que aquella noche el alcalde pasó por la puerta de su casa y le dijo que se metiera dentro. “No me meto porque no me sale de los cojones” respondió el socialista. Tuvieron un pequeño incidente que no pasó a más, y a la mañana siguiente, con el golpe fracasado, Estrada estuvo esperando al exalcalde en el bar, donde volvieron a tener un rifirrafe en el que Estrada se defendió con una silla.
 
No era la primera vez que tenían problemas. Todos los vecinos saben –y callan- que el alcalde había apuntado con su pistola a la salida de un pleno a los dos concejales socialistas de aquella legislatura. Pero a pesar de todo, relativiza la figura del antiguo alcalde. “No era ladrón como otros, o jugador, lo que pasa es que era un dictador que quería mandar siempre y no se le podía llevar la contra. Pero conmigo no le valió”. Estrada cuenta que fundó el partido hace 35 años porque estaba cansado de cómo funcionaban las cosas en el pueblo “que se hiciera siempre lo que él quisiera; porque eso no es así, tiene que hacerse siempre lo que quiera el pueblo”.
 
Estrada es uno de los pocos que habla sin miedo, y también con cierta altivez de lo que ocurrió esa noche y en los meses siguientes. Aún conserva el ejemplar de Cambio 16 en el que hablaban de “el Tejero de la Mancha”. En lo que coinciden Garrido y él es en que la confrontación entre los dos bandos de la Guerra ya no es tan fuerte como entonces. Y es que las heridas del golpe de Estado no son las únicas en Terrinches, pues los crímenes de la Guerra Civil y la Posguerra siguen vivos en la mente de sus habitantes.
 
“Claro que me acuerdo de aquel día”, cuenta Nicasio Peláez. Solo tenía 10 años, pero recuerda como sonaban las campanas, y la voz del alcalde, potente y autoritaria,  decretando el toque de queda. “Esa noche se revivieron el miedo y el temor de los dos bandos. Yo años después le pregunté por qué había apoyado el golpe, y él me respondió que no lo sabía”.

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