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Thomas Cook: Los tiempos cambian, los tiempos mandan

Thomas Cook: Los tiempos cambian, los tiempos mandan
Rafael López García-Mohedano

El pasado lunes la noticia de la declaración de quiebra de Thomas Cook inundó los noticieros de todo el mundo. Unos 600.000 usuarios de este tour-operador se encontraron de repente con un montón de papel mojado en forma de billetes de avión en sus maletas. Todas las alarmas saltaron y el pánico corrió como la pólvora. La operación de asistencia a estos viajeros y turistas se ha definido como la mayor repatriación de ciudadanos británicos desde la II Guerra Mundial. Cifras que muestran la magnitud del gigante británico caído. Pero, ¿cómo ha sido posible que una empresa con casi 180 años de antigüedad, pionera en el concepto de paquete turístico y del viaje organizado, haya llegado a este extremo?

Para que un caso así llegue a consumarse, son necesarios varios factores concatenados. Uno de los más importantes sin duda fue la apuesta hasta la extenuación por un modelo de negocio clásico, sin transitar prácticamente hacia la reconversión digital. Mientras la gran mayoría de las empresas de todos los sectores caminaban por la senda de las nuevas tecnologías, Thomas Cook seguía invirtiendo en la apertura de oficinas a pie de calle e incrementando su modelo de negocio offline. Y su inadaptación a los nuevos tiempos no se queda ahí.

Precisamente el producto por el que Thomas Cook será recordado en la historia de la industria del turismo ha resultado ser uno de los clavos en su ataúd. Aquel paquete de vacaciones que durante décadas ha sido el estandarte de la compañía, ha jugado un papel decisivo en su descenso hacia la quiebra. Los clientes prefieren cada vez más poder reservar el hotel o cualquier actividad que pretendan hacer en sus vacaciones desde la comodidad que ofrecen las plataformas y aplicaciones de compra por internet o ahorrarse unos buenos euros al contratar el vuelo con cualquiera de las compañías aéreas low cost. La manera de organizar las vacaciones ha cambiado gracias a las nuevas herramientas tecnológicas y a las apetencias de nuevas generaciones que se van incorporando a este mercado. No haber identificados estas circunstancias a tiempo ha resultado ser un error fatal.

Tampoco tuvo la cintura suficiente para cambiar sus destinos preferentes por otros que hubieran podido atraer a ciertos grupos de consumidores. La inestabilidad política y económica de los países hacia los que masivamente dirigían su oferta, como Turquía, Grecia u otros países del Mediterráneo Oriental fue otra piedra en el camino.

Sin adaptarse a las nuevas formas digitales de negocio y sin adaptar su producto final, la coyuntura política de Reino Unido ha sido el último y definitivo soplo para tumbar el edificio carcomido en el que se había ido convirtiendo Thomas Cook. La depreciación de la libra ha disminuido el poder adquisitivo de los británicos fuera de sus fronteras. Además, los tiempos de incertidumbre no son buenos aliados para que los consumidores decidan gastar su dinero en unas vacaciones.

Todos estos factores y alguno más, como los veranos calurosos en Europa en los últimos años, han hecho posible la tormenta perfecta que ha llevado al trastero del recuerdo a esta compañía que arrancó allá por 1841.  Vivimos tiempos de cambios a una velocidad inusitada. No adaptarse supone quedarse en la cuneta. El final de Thomas Cook es un nuevo aviso a navegantes.

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