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    Angélica Sánchez
    Cronista de lo desapercibido

Días de radio

Ciudad Real, 9 de diciembre de 1934. A las 21:45 la señora Emilia vierte escrupulosamente en un perol un litro de agua de pozo y siete puñados de garbanzos, pues como cada lunes en esa casa toca cocido y, donde “comen cinco, comen siete”, razón por la que echar dos puñaditos “por si acaso” nunca está de más

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Objetivo CLM - Angelica Sánchez
Martes, 09/12/2014 | Región, Nacional | Portada, Sociedad, Opinión

Ciudad Real, 9 de diciembre de 1934. A las 21:45 la señora Emilia vierte escrupulosamente en un perol un litro de agua de pozo y siete puñados de garbanzos, pues como cada lunes en esa casa toca cocido y, donde “comen cinco, comen siete”, razón por la que echar dos puñaditos “por si acaso” nunca está de más. A pocos pasos de la cocina, el señor Nicanor inspecciona ante la mirada expectante de sus tres hijos el nuevo inquilino de la casa, un aparato que don Nicanor cargó consigo esta mañana desde la estación de tren hasta la calle Ciruela, que compró en su último viaje a Madrid  porque en Ciudad Real era imposible encontrarlo y que era todo un señor regalo de Reyes para la familia de este ferroviario: un aparato de radio.  A las 21:58, el señor Nicanor trastea las ruedecitas del cachivache y consigue sintonizar en el dial una nueva emisora, una que se emite desde la calle Alarcos, a pocos metros de su casa. Entonces, justo cuando la señora Emilia termina de recoger la cocina uniéndose en la salita con los cuatro hombres de su casa, la familia al completo se predispone a las diez en punto de la noche para oír las primeras palabras del acontecimiento histórico-radiofónico de esta ciudad, del que ochenta años después, su bisnieta escribirá un artículo: “Aquí EAJ-65”.

 

Con estas palabras, en la noche del 9 de diciembre de 1934 se inauguraba Radio Ciudad Real, algo de lo que estoy segura fue todo un hito en la evolución y progreso de esta ciudad, porque además de informar y entretener, contribuir a enriquecer culturalmente a los oyentes era uno de los objetivos primordiales de la radio (téngase en cuenta que los índices de analfabetismo en la provincia llegaba al 55 por ciento de la población), complementando los programas de alfabetización y lectura que se llevaron a cabo durante la época. Así fue cómo los “escuchantes” locales adquirían nuevos conocimientos y entretenimientos a través de las ondas hertzianas asistiendo a  recitales de poesía, dramatizaciones de obras de teatro, actuaciones musicales y conferencias desde el mejor palco de honor que pueda existir: desde el salón sus casas.  

 

Con el paso del tiempo Radio Ciudad Real cambió el nombre por Onda Cero, y la radio ha evolucionado a lo largo de estos años englobando mucho más que didáctica e información convirtiéndose en uno más en la familia, en una compañía sonora e invisible en las casas y una ventana imaginaria que abre puertas a mundos desconocidos… O conocidos aunque más cercanos. Porque a los que nos gusta la radio, la sentimos así, como algo que forma parte de nosotros y nos ha visto crecer, reír, llorar, despotricar, aprender, descubrir, sentir…, siempre sonando de fondo como banda sonora de la película de nuestras vidas. No sólo es algo complementario, no, la magia radiofónica va mucho  más allá del mero hecho de escuchar donde también es posible entablar conversaciones hablándole al aparato de radio. O cantar al unísono con ella, porque, ¿quién no ha entonado alguna vez su canción favorita al encontrarla por casualidad en el dial o le ha llevado la contraria o dado la razón a un contertulio?

 

Por la parte que me toca puedo decir que soy de ese tipo de oyentes que hablo, contesto, debato, río, lloro y canto con ella y, por supuesto, lo primero que hago al despertar (y si no lo hago, no soy persona) es encender el transistor. Lo reconozco, soy radio-adicta. Haga lo que haga, necesito tenerla encendida. Mi primer recuerdo radiofónico es en la cocina de la casa de mis abuelos cuando mi abuelo me animaba a  “achuchar” una naranja en el exprimidor y de fondo sonaba un locutor dando las noticias de las ocho de la mañana. Desde entonces siempre he sido navegante por los canales radiofónicos en época de exámenes, en las mañanas de los fines de semana, en las tertulias de la tarde y en la madrugada, siendo tal la fascinación que sentía por la radio que siendo una niña pasaba las tardes de verano con un radiocasete grabando música para luego “regrabarme” jugando a ser locutora y creando mi propio programa musical. Años más tarde, la vida te da sorpresas (¿cuándo no?) ofreciéndote la oportunidad de crear uno, real, y te ves diciendo sí sin pensarlo dos veces, convirtiendo un sueño de niña hecho realidad (sí, soy la misma chica que, si deslizan un poquito hacia abajo esta sección de «Opinión» en la página principal de este periódico, podrán escuchar mi voz en la sección de radio, en «Objetivo Bitácora»).  

 

De sueños y realidades, de historias propias y ajenas, formando parte de la vida de cuatro, incluso cinco generaciones de ciudadrealeños, así son los ochenta años de radio en nuestra ciudad.

 

Felicidades, Onda Cero.

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