Jesús es puesto en un sepulcro

La Gracia del Santo Sepulcro

Imagen: Jesús es puesto en un sepulcro
Objetivo CLM
Viernes, 03/04/2015 | Región | Portada, Semana Santa

Jerusalén tiene para los cristianos un corazón: la basílica del Calvario y la Tumba de Cristo, memoriales de los últimos sucesos de la vida terrena del Dios que se hizo hombre para nuestra salvación, murió y al tercer día resucitó según las Escrituras. Son los Santos Lugares de Cristo por excelencia, definidos por los Padres como el centro y el ombligo de la Tierra, las fuentes de las que el hombre obtiene la salvación y la vida. Los dos Santos Lugares son correlativos e inseparables, como lo es el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo que aquí se cumplió y que se realiza incesantemente.

El entierro de Jesús

Evangelio según San Mateo (Mateo 27, 57-61)

Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.

Evangelio según San Marcos (Marcos 15, 42-47)

Era día de Preparación, es decir, vísperas de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea –miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios– tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

Evangelio según San Lucas (Lucas 23, 50-56)

Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado. Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado. Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

Evangelio según San Juan (Juan 19, 38-39)

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús –pero secretamente, por temor a los judíos– pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos.

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