Via crucis político

Imagen: Via crucis político
Miguel Ángel Manrique | La Escalera Política
Miércoles, 30/03/2016 | Región | Portada, Política

Pasada la Semana Santa y el saber dulzón que nos deja al volver a la rutina no queda otra que abrir esta columna y escribir sobre algo que he estado asimilando toda la santa semana. Estos días he leído y escuchado muchísimas opiniones y hay para todos los gustos: quienes profesan un fervor religioso y quienes no lo hacen, pero desde el respeto y la comprensión, estoy seguro que hay cabida para todos. Son muchas las voces que han argumentado acerca de la connotación política de esta tradicional semana y se han llevado las manos a la cabeza por tal condición. El problema, para mí, no radica en si aquellos se asombran por vislumbrar tintes políticos en dicha manifestación social, lo que realmente es preocupante es que personas que juegan a esto de la política en cuerpo y alma, incluso algunos que cobran de ella, no hayan descubierto aun que la política lo es todo, desde el precio de una barra de pan a la gran pirámide acristalada que cubre el hall del Louvre. El primero porque si al pobre panadero autónomo las autoridades de turno le suben sus cuotas, habrá el hombre de establecer otra tabla de precios y el segundo porque tal cubierta hubiera de ser elegida por un comité en base a un proyecto y unos presupuestos aprobados políticamente. Prácticamente todo es política, y no siempre aplicando un término despectivo a la misma.

La Semana Santa, por ende, ha de tener sus connotaciones políticas las queramos o no, bien por su esencia en sí o por añadidura pero es innegable que como elemento social, cultural, histórico y artístico, como casi todo lo que concierne a este ser mundano, rencoroso, hipócrita y a ratos maravilloso, que es el ser humano, ha de tener connotaciones políticas si o si. Y muchos, por incultura política o por tocar el bombo a deshoras y hacerse notar más de lo debido, tildan de infamia cualquier acto no laico propiciado en la devota semana por parte de las instituciones -como que un concejal acompañe al paso procesional-, eso si, de la politizada justicia o los corrompidos y politizados medios de comunicación religiosamente guardan silencio, y es que Montesquieu solo a veces y cuando me conviene.

Motivos de unión y compromiso posee la Semana Santa como para dejarnos de zarandajas, si la vergüenza fuera mucho más enérgica que la infamia, para enorgullecernos y admirar, como he dicho antes, todo su esplendor sociológico, cultural, histórico y artístico y, además, si esto no les convence, el innegable impacto económico que posee para una ciudad, que no quita que a más de uno la semana en cuestión se le alargue y se le atragante, no lo discutiré, pero todo reside en la comprensión y la conciencia social.

¿Podemos realmente despolitizar todo de nuestra vida?. Desde el momento que comenzamos a convivir comunitariamente se erigen unas normas, unas leyes, unas políticas por la que todo circunda. El límite en cuanto al grado de politización es lo que define cada cosa. ¿Un juez afiliado a un partido político dictando sentencias sobre corruptos afines a su propio partido es igualmente de infame que un concejal, que en representación política e institucional realice el paso procesional apoyando un elemento social y cultural?, ¿es igual de indignante para quienes argumenten lo anterior que un político presida un lugar de honor en la final de una competición deportiva?, ¿es moralmente aceptable que un político participe de tal o cual manifestación en representación institucional?, ¿dónde está la barrera?. Sin duda, allá donde queramos ponerla. Hay quien no quiere ver lo obvio y quien no quiere reconocer lo lógico, incluso quien ni siquiera quiere vivir en sociedad y por ello argumenta cuanto puede para dañarla, como el que tira a diana con una venda en los ojos.

Podrían argumentar algunos, “es que a los políticos les pagamos todos y mi dinero no quiero que se emplee en estas vicisitudes religiosas”. Para gustos los colores. Posiblemente el mismo que argumente de este modo sea incondicional fan de tal o pascual equipo de fútbol que mira tu por donde, acaba de ganar una histórica copa. Allá todos, incluido nuestro amigo laico se lanzan a la fuente o la plaza a gozar el momento con banderines de su equipo y cánticos de victoria. Plaza o fuente, previamente acondicionada políticamente con un despliegue especial de policía, protección civil y cuales quiera se necesiten en tales menesteres. Despliegue que a mí, ni me va ni me viene y he de pagar igualmente de mis impuestos, pero tolero, comprendo y hasta perdono.

Quitémonos el velo de los partidos políticos y los colores ideológicos pues no hay cosa más dañina que comenzar a destruir todo aquello que nos define. Nuestra historia y tradiciones, el respeto con el que todos hemos de asumir que formamos parte de una comunidad tan diferente como rica culturalmente que ha de comprenderse y respetarse. Al final, solo al final, si todos abrimos la mente y escuchamos, podríamos llegar a aprender los unos de los otros y disfrutar de aquello que nos guste participar y aprender de aquello que, aun no siendo de nuestra devoción, nos puede enriquecer como personas.

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