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    Angélica Sánchez
    Cronista de lo desapercibido

Un ramito de violetas

Todos tenemos un cajoncito en el “Archivo de los recuerdos” del cerebro donde guardamos sensaciones y emociones unidas a personas y fechas, donde por arte de magia algunos números vestidos de negro insulso de los almanaques cambian a un rojo intenso, cálido y festivo

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Objetivo CLM - Angelica Sánchez
Lunes, 10/11/2014 | Región, Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Toledo, Nacional, Internacional, Puertollano, La Mancha | Portada, Sucesos, Sociedad, Salud, Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología, Economía, Opinión, Deportes, Política, Turismo, Medio Ambiente, Gastronomía, Fiestas

Todos tenemos un cajoncito en el “Archivo de los recuerdos” del cerebro donde guardamos sensaciones y emociones unidas a personas y fechas, donde por arte de magia algunos números vestidos de negro insulso de los almanaques cambian a un rojo intenso, cálido y festivo. Porque hay fechas en el calendario de la vida que pasan desapercibidas y otras que se guardan en el cajoncito de los “Momentos que al recordarlos dan gustito”.

 

Hay fechas en nuestros almanaques vitales destinadas a pasar inadvertidas en la vida de cada persona como simples números encorsetados en la cuadrícula de una hoja deseando ser algo más que una mera cifra, anhelando que ocurra algo especial en la cotidianeidad de nuestras rutinas para que escribamos en ellos y los convirtamos en perennes recuerdos antes de hacerlos pasar al olvido con la fugacidad con que pasamos las páginas de las agendas con nuestros dedos.

 

En el calendario vital de ésta que suscribe, el 9 de noviembre llevaba  todas las variables sinónimas de “anodino” escrito en la frente: soso, insulso, frío, lluvioso y gris. Hasta que apareció Él. Él era un chico alto, moreno, con ojos marrones y dos pequeños lunares en la nariz; y escondía sus alegres ojillos tras unas gafas de pasta que cuando me miraban, parecían sonreír imitando el arco que la felicidad dibujaba desde la comisura A hasta la comisura B en su boca. Él siempre tenía un secreto que contarme al oído y un beso que robar en mis labios. Él pintó de primavera y colores las hojas grises y otoñales de mi calendario. Él era mi amor y transformó el significado “anodino” por “inolvidable” de un 9 de noviembre con un ramito de violetas y un “te quiero” escrito en una tarjeta.

 

De no haber conocido a Él y de no habérseme declarado, el 9 de noviembre sería una fecha muy poco o nada significativa en mi vida… Pero cuando te ennovias, toda fecha por pequeño que sea el acontecimiento que suceda se marca a fuego en la memoria, priorizándola de tal forma que ni intencionadamente olvidarías tan señalado aniversario. Quizás porque el amor todo lo magnifica o porque en el mundo sólo existe tu chico cuando te enamoras. Sobre todo cuando eres joven (muy joven) y tan sólo tienes 21 años.

 

Pero no hay otoño que dure tres primaveras y el invierno siempre llega. Cuando el apego sentimental desaparece todo lo que habitaba en ese universo, ¡pluf!, deja de existir automáticamente: el día que lo conociste, el día que te miró con “ojitos” y acarició tu mejilla, el día que se atrevió a decirte “me gustas”, el día de vuestro primer beso, su cumpleaños… Todas esas fechas magnificadas e idolatradas pasan a ser ninguneadas en tu cabeza, despojándolas de todo significado y brillo dándoles un portazo en el almanaque de la pared, condenándolas a retornar a la monotonía de ser números en una hoja gris y otoñal, castigándolas a volver ser un soso y vulgar 9 de noviembre.

 

Desde entonces esta fecha nunca volvió a sonar en mi cerebro con la insistencia pueril de antaño, como un niño tirando de tu jersey implorando “¡hazme caso, hazme caso, HAZME CASO!”, hasta que a un presidente de una Comunidad Autónoma (pese a quien pese, guste o no guste, lo es y aún sigue siéndolo) volvió a poner de moda esta fecha sacando el 9 de noviembre del calendario concediéndole honores de adalid independentista. Pues, muy bien. No voy a meterme en camisas de once varas. Sólo diré una cosa: éramos pocos y parió la abuela. Y por lo ilegal. Desde luego, hay que ver cómo se la maravillan algunos para encumbrarse en el podio de la inmortalidad memorable para los anales de la historia y adornar con medallas su narcisismo, oiga…

 

No sé cómo acabará este motín pirata, ni qué se nos avecina en los próximos días, pero la “consulta participativa” ha borrado de un plumazo el significado de esta fecha que vive en nuestra memoria colectiva: la caída del muro de Berlín y “El ramito de violetas” de Cecilia. Como el niño que tira del jersey implorando “hazme caso”, al final se ha salido con la suya: que le hagan caso. En fin, simplemente espero que todo sea para bien y sean pocos los nubarrones venideros, que bastante encapotado tenemos ya el panorama entre unos y otros.

 

Esta humilde servidora, la que suscribe, entre tanto referéndum ilegal para unos y/o/pero/sin embargo consulta participativa para otros; tanto Berlín (realmente curioso que coincidan en fecha que hoy unos voten si se quieren separar y otros celebren el vigésimo quinto aniversario de su unificación) y tanta Cecilia; una vuelve a su 9 de noviembre particular y al recuerdo inesperado de días de bufandas y besos y, a Él: al chico que tal día como hoy declaró su amor y pintó de primavera una fecha sosa y gris en mi calendario.

 

Pd. Lo he recibido. Este año, también… Como cada 9 de noviembre, desde hace años y sin tarjeta, esta mañana he recibido un ramito de violetas.  

 

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