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Bruselas, el atentado que pudo cambiar mi vida

Imagen: Bruselas, el atentado que pudo cambiar mi vida
Objetivo CLM - Joaquín Muñoz González
Lun, 09/05/2016 | Sucesos | Nacional

Desde hace muchos años, tantos que ya casi ni me acuerdo, entre mis variados sueños se encontraba poder caminar con la sonrisa tatuada por las mágicas calles de Nueva York. Uno de esos sueños posibles en los que tan solo es necesario un poquito de suerte en la vida que le permita a uno guardar unas cuantas monedas… solo monedas, porque la ilusión ya viene de serie.

En estos meses que han pasado desde mi último artículo he podido hacer realidad esta experiencia, aunque no estuvo carente de dificultades en su inicio.

Era un viaje caro, con escasez de billetes para una fecha tan señalada como la semana santa, con lo que tuvimos que buscar vías económicas para desplazarnos. Y fuimos a contratar nuestro vuelo con escala en Bruselas. Saldríamos de Madrid en la madrugada del pasado 22 de marzo, llegando a la capital belga sobre las 8 y media de la mañana. Este hecho no se produjo así, claro, los asesinos volvían a la carga en nuestro aeropuerto de destino arrancando nuevamente la vida de inocentes ajenos a su puñetera causa, que no es otra que la de matar… a cuantos más mejor, sin sentido ni justificación… solo matar por el placer de matar, incluso muriendo en el proceso…, como se puede ser tan imbécil.

Nosotros estábamos llegando cuando explotó la primera bomba, pero obviamente la incomunicación de los aviones no nos permitió enterarnos de nada, tan solo pudimos ver como el avión volvía a elevarse cuando comenzaba su descenso… “ahora tocará esperar pista para el aterrizaje”. Pero nos alejamos de aquel aeropuerto y por megafonía nos informaron en un perfecto francés, del que no tenemos ni idea ni Beatriz ni yo, de algo así como “aeropuerto cerrado” lo único que acertó a entender mi mujer. “Mierda, la huelga de ayer de los controladores de Francia” “¿y ahora que va a pasar con nuestro vuelo hacia mi sueño?”… no era la huelga, y ya no habría ningún vuelo más, no aquel día, ni para mí ni para nadie de los que viajábamos en esa máquina.

Nos desviaron hacia el pequeño aeropuerto de Charleroi, al sur de Bruselas, a veinte minutos del centro de la tragedia. Tan solo unos instantes después de aterrizar, y gracias a mi preocupada agente de viaje y a la vez querida amiga Elena, a quien le costará también olvidar aquel día, nos enteramos dentro del avión de la verdadera causa de nuestro desvío.

Se mezclaron muchos sentimientos en todas las personas que compartíamos aquel vuelo. El más repartido era el miedo, sobre todo cuando nos enteramos de que seguían explotando bombas, ahora en el metro… ¿Quién nos podía garantizar que el aeropuerto que estábamos a punto de pisar no guardaba también una terrible sorpresa?

Al bajar nos encontramos con un gran número de cámaras de TV enfocándonos, policía con perros, militares cargados hasta los dientes de armas, incluso pudimos divisar un tanque en los alrededores… desde luego nada de lo que podían ver nuestros ojos llegaba a reconfortar aquel miedo inicial.

Después de algunos minutos de confusión en los pasillos del aeropuerto nos metieron en autobuses y nos llevaron a un pabellón de congresos. Tan solo una hora después de las explosiones, ya lo tenían todo preparado allí, carteles en las paredes, zona wifi para comunicar con las familias, comida en una improvisada cocina, incluso a unos veinte voluntarios dispuestos a intentar hacernos más cómoda nuestra incertidumbre.

Estuvimos al final tan solo unas horas que se hicieron eternas, y en ellas nos dio tiempo para informarnos, angustiarnos, emocionarnos y no dejar desaparecer de nuestras cabezas la pregunta tatuada desde primera hora de la mañana “¿Qué va a pasar con nosotros ahora?”

A media tarde nos cargaron en otro autobús y nos llevaron a París en más de cuatro horas de viaje. Llegamos ya anochecido y en el aeropuerto nos soltaron como el que tira un bulto molesto para no preocuparse ya nunca más por su destino… bastante tenían los belgas en mente. Cada uno se buscó ya la vida para completar el enlace roto por las bombas. En nuestro caso la suerte se puso de nuestro lado y pudimos dormir en hotel y volar a primera hora del día siguiente… a vivir por fin mi sueño, del que os hablaré la semana que viene.

Pero en mi cabeza, y ya para siempre en mi recuerdo se quedaron 31 almas truncadas en las vías de un metro y en los pasillos de un aeropuerto, en el que podía haber estado si estos locos hubieran retrasado media hora sus planes de destrucción.

El pasado 22 de marzo, puedo decirlo bien alto, la suerte… y algún que otro ángel, quisieron acompañarme en mi viaje, doy gracias por ello.

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